Amistad y Amor (Apio Ludd)

“Yo puedo amar, amar con todo mi corazón, y hacer que arda en mi pecho la más ferviente pasión sin tomar al amado por otra cosa que no sea el alimento de mi pasión, con el que mi pasión se renueva continuamente. Toda mi preocupación por él sólo cuenta para el objeto de mi amor, sólo para él, a quien mi amor necesita, sólo para él, a quien «amo ardientemente». Cuán indiferente sería él para mí sin ese… mi amor. Con él sólo alimento mi amor, yo le utilizo sólo para esto: yo le disfruto.”

–Max Stirner

 

La amistad y el amor son las relaciones humanas más íntimas. Junto con la enemistad, son las relaciones en las que puedo expresar a fondo mi individualidad y particularidad. Y sin embargo, la mayoría de la gente las conciben de manera que se amolden a las expectativas sociales. Si quiero crear mi vida intencionalmente, necesito examinar mis concepciones de estas relaciones.

Mucho de lo que hay en la amistad y el amor surge de mis esfuerzos por crear mis actividades e interacciones como yo deseo. Hay una auténtica energía individual vibrando detrás de estas relaciones. Y, sin embargo, tanto la amistad como el amor, pero particularmente el amor, a menudo provocan miseria en lugar de alegría. Tal vez la razón principal de esto es que el impulso que hay detrás de estas relaciones, la energía deseante única que las crea, se retuerce para situarlas bajo el control social. Cuando yo dejo que lo social se apropie de mis amistades y amores de esta manera, entonces eso socava lo que es único –es decir, lo que es mío– en mis amistades y amores. Las herramientas sociales a través de las cuales se lleva a cabo este retorcimiento y apropiación por parte de lo social son: la personalidad, los derechos de propiedad y la sensiblería.

Comúnmente, las personas confunden individualidad y personalidad. Sería más fácil evitar esta confusión recordando que la palabra “personalidad” tiene su origen en la palabra latina “máscara” de un actor. Esto ayuda a clarificar lo que es la personalidad: es la suma de los roles que un individuo aprende a usar habitualmente en las relaciones sociales en las que participa.

En otras palabras, mi personalidad no es en absoluto lo que es único en mí, lo que me distingue de cualquier otro individuo, sino que más bien es la forma que yo uso para encajar en un marco social particular. En este caso, yo no creo intencionalmente mi personalidad con conciencia, sino que la produzco involuntariamente como reacción a un contexto social dominante. Por lo tanto, mi personalidad consiste principalmente en defensas, mecanismos de seguridad y medios para protegerme a mí mismo e identificarme con rebaños entre los que me puedo mezclar. Debido a que yo produzco mi personalidad involuntariamente, puedo caer fácilmente en ver la personalidad como algo inherente, algo con lo que una persona nace. La ideología genetista que prevalece hoy en día[1] refuerza esta ilusión a pesar de la falta de evidencia experiencial real (y para aquellos como yo, que se atreven a implicarse intencionalmente en la creación de sí mismos, hay mucha evidencia de lo contrario). La producción involuntaria de la personalidad es en realidad un proceso reproductivo circular. Mi personalidad producida involuntariamente me mueve a buscar y producir habitualmente los tipos de interacciones que reforzarán y reproducirán esta personalidad[2]. Dado que estas interacciones refuerzan el comportamiento habitual, repetitivo e involuntario, también tienden a reproducir el orden social existente. Si yo quiero crear mi vida intencionalmente en mis propios términos, tengo que romper las cadenas de la personalidad, descubrir cómo quitarme la máscara, para poder ir sin máscara siempre que lo desee y poder mantener una colección de máscaras con las que poder jugar cuando elija jugar de esa manera.

Si experimento mis amistades y mis amores de la manera en que es normal en esta sociedad, perderé mi capacidad para jugar libremente. La razón de esto es que yo estaría relacionándome con la personalidad de mi “amigo” o “amado”, y yo vería esa personalidad y la relación que tengo con ella como una especie de propiedad sagrada en la que he invertido, y por lo tanto, algo a lo que tengo derecho. Dado que el “amor” y la “amistad” tienen diferentes valores sociales, la naturaleza de los derechos de propiedad asociados a cada uno de ellos es diferente. El “amor” social tiende a ser más exclusivo y muy contractual. El matrimonio es la apoteosis de esto, pero también se puede ver en los acuerdos contractuales que parecen ser la norma en el poliamor o, lo que es más absurdo, en los acuerdos que algunas personas hacen cuando termina su relación amorosa, basándose en la suposición de que deberían poder mantener un control sobre el otro incluso después del final de su relación amorosa. La “amistad” social, por otro lado, suele ser más abierta. Algunos incluso ven como una exigencia el ser abierto (yo debo ser amigo de los amigos de mi amigo). Pero en las formas sociales del amor y la amistad, yo tendería a sentirme engañado si la personalidad del amigo o la persona amada cambiase –una personalidad la cual yo previamente habría aceptado–. Es por eso que gran parte de lo que sucede en la amistad y el amor es ordinario, ritual y banal. Si me encadeno a mí mismo a los modelos sociales de amistad y amor, entonces no estoy buscando pasión, aventura, disfrute o intensidad, sino la comodidad y la facilidad de la igualdad. Esto es por lo que muchas personas que se aferran a estas relaciones –por su valor social y por los sentimientos desarrollados que se les atribuyen, más que por cualquier otro motivo– han dejado de existir. Tú y yo nos reificamos el uno al otro y nos aferramos a esa cosa que cada uno de nosotros ha hecho su propiedad.

El pegamento que mantiene ligada una interacción de este tipo mucho más allá del punto en el que cualquiera de nosotros disfrutaría realmente, es decir, lo que nos hace a ti y a mí ocultar el hecho de que nos estamos aferrando el uno al otro en aras de la seguridad (otra evidencia de la naturaleza económica de la relación), es la sensiblería. La sensiblería es el conjunto suave y tibio de emociones domesticadas y prescritas en las que las personas son entrenadas (por la familia, por los medios de comunicación, por la interacción social, etc.) para tener sentimientos hacia lo que es lindo, cómodo, pequeño, difuso, patético, y lo que es más importante, hacia lo que es conocido. Nunca tengo un sentimiento de sensiblería hacia un individuo real, sino más bien hacia la imagen que he creado de ese individuo, una personalidad que le atribuyo, porque el sentimiento de sensiblería es en sí mismo una imagen de una emoción, no una emoción real. Yo creo una imagen de mi “amigo” o mi “amada” que me resulta cómoda y me aferro a esa imagen. De este modo, yo continúo mi “amistad” o “amor” basado en esa imagen, incluso cuando todo indica que la realidad ha perdido cualquier conexión con esa imagen. De esta forma, me niego a ver lo que realmente sucede, porque la imagen, la personalidad, es mi propiedad sagrada, mi propiedad por derecho. Si me la quitaran –esa “amistad” o “amor” basados en esa imagen que he creado de mi “amigo” o “amada”, lo consideraría una violación de mis derechos. De aquí proviene la amargura que con frecuencia surge cuando los amores se desmoronan. Y de ahí viene la hostilidad y la sensación de injusticia cuando las amistades se rompen.

Todas las formas de propiedad sagrada y económica son ilusiones, pero ¿no es cierto que todos tendemos a aferrarnos más a nuestras ilusiones que a cualquier realidad? El aspecto más lamentable de esta tendencia a mantener una ilusión de amor y amistad a través de la sensiblería es la naturaleza patética del sentimiento. El sentimiento de sensiblería no es pasión. De hecho, es absolutamente más enemigo de la pasión de lo que la razón podría llegar a serlo alguna vez. La razón nunca puede reemplazar a la pasión; sólo puede ser una herramienta para reprimirla o potenciarla. Pero el sentimiento sensiblero es el sustituto social y domesticado de la pasión, la imagen fantasmal de pasiones debilitadas a las que se les ha chupado la sangre; los sentimientos sensibleros se basan en construcciones abstractas y en la reproducción social de la personalidad. Son emociones suavizadas y mermadas que fomentan la pasividad y la dependencia.

Si yo quiero crear amor y amistad como aventuras apasionadas con otros individuos, tengo que desafiar mi tendencia a reificar al otro, mi tendencia a imponer la abstracción de la personalidad en el lugar de su individualidad concreta y mi tendencia a aceptar esta abstracción. Las aventuras apasionadas de amor y amistad yacen en una mutua exploración del otro y con el otro, donde el disfrute se encuentra precisamente en el proceso compartido de auto-creación mutua. Por supuesto, yo hago que el otro sea mío, así como él me hace a mí suyo, pero no como algo estático, no, sino como una actividad, una aventura, una danza. Y para mantener el amor y la amistad en esas formas, yo tengo que cuestionarlos constantemente y crearlos de nuevo en cada momento, con la voluntad de seguir adelante cuando ya no encuentre disfrute e intensidad en ellos. Prefiero estar solo antes que la soledad abarrotada de relaciones desapasionadas con fantasmas.

[Publicado en el número 6 (noviembre, 2012) de la publicación “My Own” – Traducido por Lapislazuli]

 

[1] Tristemente, incluso en círculos anarquistas.

[2] Wilhelm Reich se refirió a esto como “armadura de carácter” o “coraza de carácter”.

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